Mostrando entradas con la etiqueta wondering out loud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta wondering out loud. Mostrar todas las entradas

PSICOLOGÍA: EL TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO

El Trastorno Obsesivo Compulsivo es un fenómeno clínico que se ha incluido en la categoría de los Trastornos de Ansiedad en los diferentes manuales diagnósticos hasta la revisión de la cuarta edición del DSM, a pesar de que todavía no existe un acuerdo definitivo sobre su clasificación entre los especialistas de la Psicología Clínica y la Psiquiatría (por lo que en el DSM-5 se describe en un apartado independiente, sin incardinar en categoría clínica alguna). Se trata de un problema de salud mental que, en sus manifestaciones más extremas, puede llegar a ser muy invalidante para la persona. Existe consenso general en que hasta el 80% de la población presenta alguna vez síntomas subclínicos de obsesión-compulsión (especialmente pensamientos aislados de comprobación, limpieza u orden), aunque su severidad no es de suficiente entidad para hacerla compatible con el diagnóstico del trastorno (que afecta al 1-2% de la población general).
A continuación introduciremos algunos conceptos esenciales para entender el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC en adelante), así como la relación que se da entre ellos para articular la dinámica de la obsesión-compulsión y su mantenimiento.

EL TRASTORNO OBSESIVO-COMPULSIVO: CONCEPTOS ESENCIALES
El rótulo que define a este trastorno es especialmente elocuente en cuanto a su naturaleza. Por ello no podemos entender el TOC sin abordar primeramente qué son las obsesiones y las compulsiones, y el modo en que éstas se relacionan para articular la experiencia subjetiva de la persona.
Las obsesiones son contenidos mentales (pensamientos de tipo verbal, imágenes, etc.) que acceden a la mente de forma abrupta, automática e incontrolable. La mayoría de personas indican que perciben que su aparición no está vinculada a ningún estímulo ambiental, aunque en muchos casos existen factores situacionales que disparan su presencia. Sea como fuere, la persona interpreta el pensamiento como un elemento generador de profunda ansiedad (a pesar de reconocer su naturaleza absurda). Con todo ello no puede evitar que éste interfiera en su discurso mental (pérdida de control sobre los pensamientos), lo que a menudo crea una importante preocupación en la persona que sufre TOC.
Las compulsiones, en cambio, son actos cognitivos o motores que tienen la finalidad de reducir el malestar ocasionado por el pensamiento intruso. La persona percibe una conexión entre el pensamiento y la acción, aunque ésta no tenga una lógica objetiva. En el momento en que no se lleva a cabo el acto compulsivo (porque las situaciones ambientales no lo permiten, p.e.), aparece un intenso temor a que tengan lugar consecuencias catastróficas (y ansiedad asociada a ello).
A continuación profundizaremos en cada uno de estos conceptos, tanto las obsesiones como las compulsiones, y los mecanismos a través de los cuales ambos fenómenos se relacionan.
Las Obsesiones
Las obsesiones son pensamientos con contenido verbal o visual que emergen a la conciencia de forma súbita, como hemos comentado anteriormente. Cuando aparecen, la persona siente una ruptura en los procesos cognitivos que escapa a su control, lo que le genera una profunda sensación de malestar (aunque es consciente de que son contenidos de su mente). Aunque este tipo de pensamientos ocurren a muchas personas que no presentan un TOC, la diferencia esencial radica en que quienes lo padecen interpretan la experiencia como una señal de que algo negativo va a ocurrir o se sienten culpables por el contenido de lo pensado. Esta interpretación vincula el pensamiento con contenidos emocionales específicos especialmente difíciles, que acaban asociándose como un fenómeno interdependiente. Este hecho junto a la naturaleza incontrolable del pensamiento, precipitan la vivencia de la experiencia como algo muy desagradable. Esta es, precisamente, la cualidad egodistónica de las obsesiones en el TOC (los pensamientos son vividos como no acordes o disonantes con los valores de la persona).
Existen obsesiones de muchos tipos distintos, pero por su relevancia destacan las religiosas, agresivas, sexuales, de comprobación y de orden/limpieza. A continuación detallaremos algunas de ellas, aunque la lista no es exhaustiva.
-Los pensamientos obsesivos de tipo religioso (blasfemias, p.e.) son especialmente frecuentes en personas que cuentan con hondas creencias espirituales. Cuando aparecen se hace patente un conflicto entre la escala de valores y el pensamiento, lo que precipita el malestar. Muchas personas que sufren este tipo de ideas obsesivas pueden ver la situación agravada en el caso de que aparezca la culpa y la expectativa de un castigo acorde a los preceptos promovidos por la religión a la que se adhieren.
-Los pensamientos obsesivos agresivos pueden acompañarse de imágenes que orbitan en torno a este tipo de contenidos. Generalmente los protagonistas de estas escenas mentales son personas con las que se mantiene un estrecho vínculo afectivo, por lo que quien presenta síntomas clínicos de TOC puede temer que vayan a sufrir un accidente (propiedad predictiva del pensamiento) o que ella misma vaya a hacer daño a las personas que aparecen en sus pensamientos (lo que genera un inevitable horror). En otros casos, la imagen mental no hace referencia a alguien en concreto, sino que se presenta como modelo genérico de un colectivo (bebés, personas mayores, hombres/mujeres, etc.), sintiéndose la persona muy culpable y desorientada por su experiencia interna.
- Los pensamientos obsesivos de tipo sexual hacen referencia a contenidos mentales (verbales o en imágenes) que generan malestar y versan sobre distintos temas: desde la orientación sexual (pensamiento perturbador sobre ser heterosexual, homosexual, bisexual o asexual) a determinadas actividades que tienen cabida en el contexto de la sexualidad (generalmente imágenes explícitas de sexo). Cuando aparecen en la mente pensamientos de este tipo, la persona puede sentir un importante rechazo y vivirlo como algo repugnante o inadecuado.
- Los pensamientos obsesivos de comprobación generan gran sensación de inseguridad en torno al hecho de haber realizado de forma correcta (o no) una tarea concreta. Se relacionan además, con imágenes mentales y/o contenidos verbales asociados a las trágicas consecuencias que podrían desprenderse de ello (sufrir un robo por haber dejado la puerta abierta o un incendio por no cerrar correctamente la llave del gas, p.e.). Cuando se trata de acciones que suelen llevarse a cabo con cierta asiduidad, como cerrar puertas o cocinar, la persona tiene problemas para distinguir lo que hizo en días anteriores de lo hecho en la última ocasión (lo que acaba precipitando el pensamiento de inseguridad). Muchas personas que no sufren TOC presentan también este tipo de pensamientos ocasionalmente, la diferencia radica en que en estos casos no suponen un fuerte impedimento para continuar la vida con normalidad.
- Los pensamientos obsesivos de orden/limpieza son también muy frecuentes en el TOC. En el caso del orden suele tratarse más bien de una compulsión (que detallaremos más adelante), sin que medie un pensamiento que le dé cabida (la persona simplemente siente que debe ordenar todo cuanto tiene delante, en disposiciones específicas que obedecen a preferencias subjetivas). El caso de la limpieza es distinto: predomina una sensación personal de que la persona está sucia (pensamiento de contaminación), viéndose comprometido todo su cuerpo o partes específicas de él (las manos, el rostro, la boca, los dientes, etc.). Aparecen otros pensamientos intrusivos asociados a la posibilidad de contraer una enfermedad, por lo que es necesario realizar un buen diagnóstico diferencial entre el TOC y la Hipocondría.
Las personas que sufren un TOC, además, suelen percibir sus pensamientos como absurdos. Este reconocimiento es esencial para distinguir el fenómeno obsesivo-compulsivo de otras entidades nosológicas incardinadas en la categoría de la psicosis. Aun así, con la progresión del trastorno (sin la recepción de un adecuado tratamiento) surge la duda sobre la veracidad de lo pensado en diversos grados, pudiendo concluir el proceso con la absoluta y plena convicción sobre ello (integración de la obsesión). Finalmente, puede llegar a producirse una analogía absoluta entre la realidad y lo pensado, generándose dificultades para distinguir el haber pensado algo (matar a alguien, p.e.) de haberlo hecho realmente.
Las Compulsiones
Las compulsiones son actos físicos (lavarse las manos, dar palmadas, saltar, etc.) o mentales (contar/descontar de tres en tres, recitar oraciones, reproducir canciones mentalmente, etc.) que la persona lleva a cabo para neutralizar el malestar asociado a la emergencia de los pensamientos obsesivos. Podría decirse que se crea una conexión entre su realización y la reducción de la ansiedad, aunque no exista mecanismo objetivable que pueda explicarlo. La persona siente que si no cede a su compulsión podría sufrir ciertas consecuencias catastróficas que lleguen incluso a comprometer su vida o la de terceros.
Las compulsiones tienen la cualidad de ocupar gran parte del tiempo de la persona. Algunas de ellas se caracterizan por su duración (cantidad de minutos consumidos para lavarse las manos) y otras por el número de repeticiones necesarias (abrir y cerrar una puerta repetidas veces antes de acceder a una habitación, rezar una oración múltiples veces para sentir que no se ha cometido un pecado, etc.). En cualquiera de los dos casos, la inversión de tiempo/esfuerzo es excesiva y acaba desbordando a la persona.
Muchas compulsiones tienen un ritual muy estructurado, por ejemplo, abrocharse los botones de la camisa en cierto orden, rezar un número específico de veces o lavarse las manos una cantidad predeterminada de minutos con un producto de limpieza muy concreto. En esos casos en los que la conducta está organizada a un nivel extremo, puede surgir la duda de si se ha realizado la acción correctamente, viéndose la persona obligada a repetir el ritual desde cero si no dispone de la certeza absoluta de haberlo hecho bien (cayendo así en un bucle recurrente). De algún modo, no haber llevado a cabo perfectamente la compulsión equivale a no haberla hecho en absoluto, por lo que la ansiedad no se reduce ni un ápice. Cuando se repite la conducta, se observan dificultades para asegurar que las repeticiones corresponden a la ocasión actual y no a otras precedentes, lo que perpetúa la compulsión durante un tiempo indefinido. La duda, pues, es uno de los elementos que agravan la expresión clínica del TOC.
Por otra parte, se distinguen personas que llevan a cabo sus compulsiones con independencia de estar rodeados de gente (saltar las baldosas de la calle, pisar sólo las líneas blancas en los pasos de cebra, etc.) y otras que tratan de ocultarlas a la vista de los demás por vergüenza o temor al qué dirán. En este último caso, se añade la ansiedad de reprimir socialmente una conducta que consideran acuciante desde lo subjetivo.
Además de las compulsiones propiamente dichas, existen otras estrategias que emplean las personas con TOC para reducir la ansiedad asociada a sus obsesiones. A saber:
- Evitación: Evitar cualquier situación que pudiera asociarse al pensamiento obsesivo. Aunque muchas personas consideren que sus obsesiones son imprevisibles, otras acaban por descubrir ciertos estímulos ambientales que las precipitan. En estos casos, por ejemplo, pueden preferir no exponerse a las condiciones externas que faciliten pensamientos generadores de malestar. Algunos ejemplos serían: no mirar un crucifijo para evitar pensar en una blasfemia, mantenerse apartado de la cocina para no tener acceso a herramientas con las que hacer daño a otra persona, etc. En casos graves, la cantidad de estímulos a evitar es tan grande que se hace imposible la continuidad de una vida normal.
- Conducta de seguridad: En estos casos la persona no evita la situación, pero trata de obtener la opinión ajena sobre la certeza de que no van a ocurrir las consecuencias que teme debido a sus pensamientos obsesivos. Así pues, puede preguntar a otros con asiduidad sobre la relación entre sus imágenes mentales y las desgracias temidas; obteniendo cierta reducción de la ansiedad cuando otras personas les disuaden de sus miedos.
- Estado de hipervigilancia/razonamiento: En estos casos, la persona impone a su mente un estado de vigilancia continuada dirigida a evitar conscientemente la aparición de los pensamientos que teme, lo que en ocasiones genera el efecto paradójico de aumentar su presencia. También entran en esta categoría aquellos casos en los que la persona trata de mantener un discurso interno constante en torno a sus temores, tratando de obtener explicaciones razonables para reducirlos. A pesar de estos esfuerzos raramente acaban por desaparecer las obsesiones con ninguna de las estrategias mencionadas, prolongándose la situación.
Como puede deducirse, las obsesiones y las compulsiones tienen una relación de dependencia mutua que se refuerza recíprocamente. En el próximo apartado detallaremos esta cuestión y esbozaremos el modo en que ambos fenómenos contribuyen al mantenimiento del TOC.
La relación entre obsesiones y compulsiones
Ya hemos comentado que las obsesiones se caracterizan por generar un importante malestar en la persona, mientras que las compulsiones tienen el objetivo de reducir esa sensación. Con el paso del tiempo, se produce una asociación subjetiva entre las compulsiones que se realizan y la eliminación de las emociones difíciles. A medida que se van realizando las compulsiones, éstas se integran cada vez más en la estructura de lo cotidiano, se vuelven más complejas y se refuerzan como un mecanismo para reducir la ansiedad.
Por este motivo concreto, la capacidad de la persona para exponerse a sus pensamientos intrusos tratando de reducir al máximo posible su compulsión (o eliminarla) conseguirá romper esta asociación y proporcionar un contexto adecuado a partir del cual resolver el problema.

ETIOLOGÍA DE LOS SÍNTOMAS DEL TOC
A continuación revisamos las principales hipótesis etiológicas sobre el TOC, empezando por las neurológicas y finalizando con un somero recorrido a algunas de las causas psicológicas conocidas. La presencia combinada de ambos factores causales incrementará la intensidad de los síntomas.
Causas neurológicas
Muchos estudios de neuroimagen han obtenido hallazgos clínicamente relevantes que vinculan el funcionamiento de ciertas estructuras cerebrales con la expresión de los síntomas del TOC. Se observa en primer lugar un funcionamiento y estructura anormales de los ganglios basales, zonas profundas anatómicamente asociadas a la regulación motriz (aumento de la sustancia gris en los núcleos caudados cuando son comparados con personas sin TOC). Se aprecia también un aumento de la conectividad neuronal entre estas regiones telencefálicas y la corteza órbito-frontal, una región asociada a funciones cognitivas superiores como el control de los impulsos y el razonamiento (entre otras). Este último hallazgo presenta una correlación directa con la gravedad de los síntomas del TOC. Por último, existen indicios de que la serotonina puede tener un papel crucial en la expresión de este trastorno (neurotransmisor asociado al estado de ánimo, el autocontrol, la alimentación, etc.).
La genética también parece tener importancia, pues estudios con gemelos monocigóticos han encontrado un porcentaje de concordancia que alcanza el 65% para el TOC, índice que se reduce hasta el 15% en el caso de gemelos dicigóticos.
Causas psicológicas
Como principales causas etiológicas de tipo psicológico destacan un conjunto de patrones cognitivos que precipitan la emergencia de síntomas propios del TOC. La mayor parte de ellos hacen referencia a estilos específicos de pensamiento:
- Intolerancia a la incertidumbre: El malestar asociado a la incapacidad para controlar las circunstancias futuras es una realidad común en las personas que sufren TOC. El hecho de no poder predecir el futuro se asocia a cierta incertidumbre sostenida en torno a la posibilidad de que ocurran en algún momento las catástrofes temidas.
- Sobreestimación de la amenaza: Se trata de un sesgo cognitivo de tipo probabilístico que distorsiona el riesgo real de ocurrencia de una situación temida. En este sentido, por ejemplo, aumenta la probabilidad percibida de contraer una enfermedad física por la simple transferencia de patógenos a la piel de las manos y su posterior contacto con la boca, los ojos, etc.
- Perfeccionismo: El perfeccionismo extremo (como el que se observa en el trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad) se relaciona estrechamente con los síntomas del TOC, especialmente cuando convive con una enorme incapacidad para tolerar los pequeños errores e imperfecciones.
-Responsabilidad excesiva: Las personas que asumen grandes responsabilidades ajenas y las convierten en propias tienen tendencia a la sobrecarga cognitiva, uno de los factores etiológicos cruciales en el TOC.
- Creencias sobre la importancia de los pensamientos: Muchas personas perciben una analogía entre la incidencia de los pensamientos y la propia realidad. En este sentido, se observan pocas diferencias entre lo pensado y lo actuado, lo que aumenta la sensación de culpa ante contenidos cognitivos considerados impropios.
La convergencia de estos patrones de pensamiento, muchos de ellos rígidos e inflexibles, se relaciona directamente con la gravedad de los síntomas del TOC. A menudo la persona los considera una parte nuclear de su personalidad, por lo que considera que son difíciles de cambiar. Aun así, es bien conocido que el tratamiento cognitivo dirigido a reestructurar los pensamientos (junto a otras técnicas cognitivo-conductuales) mejora la calidad de vida de las personas con TOC.

Puedes acceder al artículo (y otros muchos relacionados con la Psicología) en la web de IVAPSAN

PSICOLOGÍA: LA DEPRESIÓN MAYOR

La Depresión Mayor es uno de los trastornos mentales más habituales de nuestro tiempo. Se estima que su incidencia global presenta una progresión acusada y ascendente desde hace décadas, y que en pocos años pasará a ser la primera causa de baja laboral en prácticamente todo el mundo (especialmente en occidente). En líneas generales podría resumirse como la experiencia subjetiva de emociones negativas y desbordantes, todas ellas orbitando en torno al núcleo común de una tristeza que se antoja profunda e invasiva. A menudo es el resultado de un esfuerzo adaptativo ante circunstancias vitales concretas cuya cualidad reviste un profundo impacto sobre las expectativas, valores y creencias más íntimas de la persona. Cuando las circunstancias resultan adversas en grado extremo y la persona percibe cierta vulnerabilidad ante ellas, puede emerger una reacción afectiva intensa que en términos clínicos es compatible con la abstracta etiqueta de Depresión Mayor. Así pues, se trata de un fenómeno complejo que emerge de la convergencia entre el entorno y la percepción subjetiva de la persona que interactúa con él.
Pero la tristeza no puede entenderse como un fenómeno extraordinario, al margen de las experiencias normales de una persona a lo largo del ciclo vital. La vida, como experiencia cargada de notables matices subjetivos, está compuesta de momentos como única unidad de medida. Estos momentos se hacen tangibles en cuanto requieren un juicio personal del observador… valoración que tiene múltiples correlatos, entre los que es necesario subrayar por su especial relevancia los componentes emocionales. Ante circunstancias adversas surge una reacción coherente, la tristeza, que no implica por sí misma un fenómeno patológico (de hecho, nos ayuda a disponer de apoyo social en momentos de declive personal). En cambio, la Depresión Mayor va más allá de la tristeza reactiva (aunque también forma parte de su sintomatología): implica la sólida percepción de una total incapacidad para ser feliz. Así pues, no debemos confundir la tristeza (una de las denominadas “emociones puras” o “emociones verdaderas”) con la Depresión Mayor, pues aunque reconozcamos cierto solapamiento fenomenológico se trata de entidades muy diferenciadas.
Tampoco es conveniente reducir el fenómeno depresivo a sus correlatos puramente fisiológicos. Aunque muchos estudios que exploran la función neurológica han demostrado ciertas alteraciones en el patrón electroquímico de los neurotransmisores cerebrales (serotonina a nivel prefrontal, dopamina en el sistema de recompensa, etc.), la Depresión es un fenómeno de amplio calado personal en el que lo cognitivo actúa como elemento clave para su explicación. En este artículo haremos especial hincapié en esta idea, entendiendo la Depresión como una realidad que requiere de múltiples perspectivas para ser entendida íntegramente.

SÍNTOMAS DE DEPRESIÓN MAYOR
El síntoma central, en torno al cual giran la mayor parte de las clasificaciones diagnósticas, es la tristeza. La persona percibe que esta emoción domina por completo su vida, y deja de ser una simple reacción ante circunstancias adversas delimitables en el espacio y el tiempo. En este sentido, la persona percibe que el ánimo decaído invade toda su existencia, aunque las situaciones que lo propiciaron ya no formen parte de su experiencia cotidiana. En otros casos, la erosión personal propiciada por adversidades largamente mantenidas acaba por generar emociones negativas compatibles con el fenómeno depresivo. Se produce en estos casos una evolución de la experiencia interna, que supone la adición o sustitución de los síntomas ansiosos por los propios de la depresión (dos realidades clínicas cuya relación ha quedado más que demostrada desde una perspectiva empírica). Resumidamente, el estímulo que sirve como detonante de un trastorno depresivo puede ser muy variable:
- Situaciones específicas de alta carga negativa (acontecimientos vitales identificables) o circunstancias menos intensas emocionalmente pero de dilatada cronicidad (erosión personal progresiva).
- Situaciones ancladas en el pasado que inciden en el presente (por ser evocadas con frecuencia en la memoria o por haber generado consecuencias tangibles que afectan a la persona en el momento actual).
- Circunstancias o eventos que atentan contra la estructura jerárquica de valores o que comprometen la integridad de creencias clave que la persona esgrime en su fuero interno.
La percepción subjetiva de vacío es también muy habitual en personas que sufren un trastorno depresivo (Viktor Frankl describió este fenómeno como Depresión Noógena, una respuesta emocional profunda ante la ausencia de sentido vital). Surge también la percepción del futuro como una realidad desprovista de esperanza. El vacío no se circunscribe únicamente al ominoso abismo que surge ante el escrutinio del futuro (o el pasado), sino que se hace extensible a la percepción actual de uno mismo (baja autoestima, pérdida global de autoconfianza, sentimientos muy invalidantes de culpa, incapacidad para tomar decisiones relevantes, etc.) y de quienes le rodean (sentimientos de inutilidad en las interacciones sociales, reducción de actividades compartidas, percepción de incomprensión, etc.): esta profunda afectación en la percepción de uno mismo, de los demás y del futuro es conocida en la literatura científica como “tríada cognitiva de la depresión”. Durante el tiempo en que la depresión se manifiesta es muy habitual que se produzca el llanto, una expresión elocuente de los sentimientos de tristeza. El llanto, como fenómeno independiente, es un mecanismo neurológico diseñado específicamente para aliviar la tensión neurológica cuando el sistema nervioso se encuentra saturado por situaciones estresantes, de modo que su inhibición voluntaria (motivada por la vergüenza o la culpa) puede empeorar la vivencia interna.
Un fenómeno asociado a esta experiencia es, sin duda, la ausencia de motivación. La persona que sufre un trastorno depresivo refiere con frecuencia que todo cuanto le hacía feliz carece de sentido para ellos: se produce una retirada progresiva de circunstancias estimulantes que tejen una estructura de vida simplificada y desprovista de relevancia personal. La persona siente su mundo íntimo como una realidad angosta y poco gratificante, lo que no hace más que potenciar los síntomas depresivos en un ciclo recurrente (anhedonia o dificultad para experimentar placer) que se proyecta especialmente hacia el futuro (pesimismo). Se observa, de forma coherente con lo aquí comentado, un enlentecimiento psicomotor evidente (habla lenta y monocorde, quietud psicomotriz, movimientos enlentecidos, aumento del tiempo de reacción, etc.) y un déficit en funciones ejecutivas como la concentración y la atención. Tanto la afectación de la motivación como los correlatos cognitivos aquí descritos son compatibles con las alteraciones neurológicas del lóbulo frontal (hipoprosexia o distraibilidad, por ejemplo) y del sistema cerebral de recompensa (ausencia de motivación por lo que antes era gratificante), compuesto por el área tegmental ventral y el núcleo accumbens, además de sus proyecciones a estructuras corticales superiores. Aun así, y como ya hemos subrayado antes, no pueden reducirse exclusivamente a ellas.
Otros síntomas habituales son la pérdida de peso (sin que medie una dieta hipocalórica que pudiera explicarla) y los trastornos de sueño (especialmente insomnio primario). En otros casos se produce el efecto contrario, y la persona presenta una mayor ingesta de alimentos (observándose una ganancia proporcional de peso) y una mayor cantidad de horas de sueño (hipersomnia). Así pues, los cambios en estas funciones fisiológicas básicas (ora por defecto ora por déficit) son relativamente frecuentes en la Depresión Mayor. Además, muchos estudios sugieren que los fenómenos cognitivos que propician estos cambios en la alimentación y el sueño (cansancio, debilidad, abatimiento, etc.) pueden actuar como variables mantenedoras en el trastorno depresivo e incluso agudizar los síntomas, empeorando así el pronóstico. Por supuesto, una nutrición o reposo deficientes altera también las funciones ejecutivas (atención, concentración, memoria, etc.), contribuyendo significativamente a su declive durante el cuadro depresivo.
Un síntoma también habitual es la ideación autolítica (cogniciones suicidas). Se trata de pensamientos relacionados con la interrupción voluntaria del ciclo vital que surgen al ponderar subjetivamente el futuro. Sería una reacción secundaria a lo comentado previamente respecto al pesimismo y la invasión extensiva del pensamiento negativo hacia lo que queda por vivir. Estos pensamientos tienden a estructurarse con el paso del tiempo (adquiriendo una mayor complejidad) y requieren atención profesional especializada para mediar en su progresión hacia la consumación del suicidio o las posibles lesiones de gravedad que pudieran concurrir en un intento fallido.
La Depresión Mayor presenta una sintomatología diferente en función de la edad de la persona afectada. En población infantil y adolescente, se observa con frecuencia irascibilidad (junto al bajo afecto positivo y el alto afecto negativo característicos de la Depresión), que en muchos casos conduce a conductas imprudentes o que ponen en riesgo la integridad de la persona y/o de terceros (consumo de drogas, conducción temeraria, etc.). Respecto a las situaciones que suelen asociarse a sintomatología depresiva en niños, destacan aquellas circunscritas al ámbito de lo académico o que comprometen el ambiente familiar (malas calificaciones escolares, divorcio, nacimiento o adopción de un nuevo hermano, etc.), mientras que en los adolescentes se relacionan más frecuentemente con los vínculos sociales en el seno del grupo de referencia (rechazo, bullying, mudanzas, desengaños amorosos, nuevas parejas de los progenitores,  etc.). En la tercera edad, los síntomas depresivos pueden manifestarse de forma similar a las demencias subcorticales (alzhéimer especialmente), haciéndose necesario un buen diagnóstico diferencial. La pérdida de la pareja u otros familiares, el declive físico percibido, la jubilación, la pérdida de autonomía, la inseguridad que supone cambiar de ciudad, etc. son situaciones de especial riesgo para el desarrollo de esta sintomatología durante la vejez.
Por último, señalar que los síntomas depresivos pueden aparecer también en otros trastornos diferentes a la Depresión Mayor. Por ejemplo, en los episodios depresivos de un trastorno bipolar, en los trastornos por consumo de sustancias, en diversos trastornos psicóticos (como la esquizofrenia o el trastorno esquizoafectivo), en el proceso de duelo no resuelto (duelo patológico), en los trastornos adaptativos, en situaciones de acoso (bullying y mobbing, por ejemplo), en el burnout (también conocido como síndrome de “estar quemado”), en el trastorno de estrés postraumático y otros. El profesional encargado de atender a la persona que refiere síntomas depresivos deberá explorar convenientemente la posible incidencia de problemáticas clínicas adicionales que pudieran ser relevantes para la articulación del tratamiento psicológico.

LAS DIFERENTES TEORÍAS EXPLICATIVAS DE LA DEPRESIÓN
En función de las corrientes de pensamiento de cada época, los estudiosos de la naturaleza humana atribuían una causa diferente a los síntomas depresivos, desde conflictos subyacentes (modelo psicoanalítico) a complejas reacciones químicas en lo más profundo de nuestro sistema nervioso. En esta sección describiremos brevemente algunas de las más relevantes en el panorama clínico y científico actual.
Desde una perspectiva neurológica, destacan las teorías serotoninérgicas y noradrenérgicas (cada una de ellas atribuye una importancia diferente a los neurotransmisores serotonina y noradrenalina en la etiología de la depresión). Según esta perspectiva, un funcionamiento deficiente de ciertos neurotransmisores en las sinapsis neurales sería el responsable de los síntomas depresivos. La serotonina, generada especialmente en el núcleo del rafe, es la que ha recibido una mayor atención a este respecto (motivo por el cual la mayor parte de los antidepresivos actuales son inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina – ISRS). La depleción serotoninérgica también generaría otros síntomas asociados a la depresión, como las dificultades atencionales y de concentración. Algunos especialistas en la cuestión también subrayan que, a medida que la persona piensa continuamente en aspectos negativos de su experiencia pasada (algo muy habitual en la Depresión, como ya hemos visto) activa amplias redes de conexiones neurales que propician la emergencia de una constelación de recuerdos coherentes con el estado de ánimo depresivo y la afectividad negativa. Este fenómeno sería el que distorsionaría la percepción del pasado desde una perspectiva puramente neurológica, y explicaría el modo en que los recuerdos resultan más o menos accesibles en función de cómo nos sentimos en un momento dado.
Desde la perspectiva del paradigma humanístico destacan las aportaciones de autores como Viktor Frankl. Este autor (fundador de la logoterapia y estudioso de la resiliencia humana) proponía que todo dolor humano podía tolerarse siempre que fuéramos capaces de otorgarle un sentido. En este contexto, entendía la Depresión como un vacío existencial en el que las circunstancias vitales quedarían desprovistas de un significado personalmente significativo. Así pues, cualquier situación vital propiciaría síntomas depresivos en el caso de que la persona no fuera capaz de integrar su significado con éxito en la narrativa personal (lo que conocemos como Depresión Noógena). El tratamiento psicológico estaría orientado, en este caso, a la reflexión personal y sincera en busca de coherencia existencial.
Las teorías de mayor relevancia actual son las cognitivo-conductuales. Según la perspectiva conductual, la depresión sería el resultado de una disminución progresiva de actividades agradables. A medida que la persona decide abandonar aquellas cosas con las que anteriormente disfrutaba va tejiendo una vida caracterizada por la ausencia de refuerzos. Esta ausencia de refuerzos se traduce en un bajo disfrute, así como una inhibición de ciertas situaciones que por sí mismas podrían proporcionar apoyo social (aunque sea sólo de forma transversal). A medida que el tiempo pasa, la persona presenta una conducta de retirada de refuerzos más acusada hasta que acaba por consolidarse una sintomatología de entidad suficiente para requerir intervención clínica (programa de actividades agradables, por ejemplo). Para la Psicología Cognitiva, la Depresión Mayor sería el resultado de pensamientos irracionales (modelo de Ellis) o esquemas depresógenos (modelo de Beck) que se activarían ante situaciones específicas. La terapia racional emotiva (TRE), por ejemplo, propone que toda emoción está vinculada a un pensamiento que le sirve de sustento (sin el cual no tendría razón de ser). En este contexto, diferencia entre pensamientos racionales e irracionales, siendo estos últimos (inflexibles, rígidos, dicotómicos, con poca adecuación a la realidad, etc.) los que generarían emociones intensas, como la tristeza propia de la depresión. Las situaciones, por tanto, no serían las responsables de las emociones (lo que supondría un déficit en el control percibido sobre la vida interna), sino que éstas dependerían de cómo las interpretamos (pensamiento). Beck, por su parte, propuso el concepto de triada cognitiva para explicar el particular prisma desde el cual observa el mundo la persona que sufre un trastorno depresivo. Para mayores referencias al respecto de la perspectiva cognitiva de la depresión, recomendamos la lectura del artículo “Terapia Racional Emotiva” en el blog de IVAPSAN.

LA IMPORTANCIA DE LA COGNICIÓN EN LA DEPRESIÓN MAYOR
La depresión es un trastorno mental eminentemente cognitivo. Aunque se observan correlatos fisiológicos (que ya hemos señalado con anterioridad), el pensamiento ejerce un papel clave tanto en el origen como en el mantenimiento de los síntomas. Por ejemplo, es bien conocido que evocamos mucho mejor aquellos recuerdos que son coherentes con nuestro estado de ánimo. De esta forma, cuando nos sentimos tristes solemos recurrir a escenas del pasado que refuerzan esta emoción. A medida que el tiempo pasa, se observa una abstracción selectiva de lo vivido que subraya lo negativo como lo más habitual o recurrente, surgiendo pensamientos que orbitan en torno a la convicción de haber atravesado una vida desgraciada. Cuando se analiza esta visión del pasado durante la terapia, a menudo la persona puede ver con claridad que su percepción no corresponde con la realidad.
La depresión, además, suele estar acompañada de una expectativa negativa sobre el futuro. La persona suele pensar que lo que está por venir es igual o peor que lo ya vivido, y que además no podrá hacer nada para cambiar la situación. El hecho de percibir que la propia felicidad está sujeta a circunstancias azarosas implica una pérdida de control personal que se refleja en una indefensión profunda. Cuando la proyección del futuro es negativa se distorsiona el modo en que se perciben los acontecimientos presentes para confirmar que las creencias pesimistas son ciertas, de modo que cualquier indicio sutil de que las cosas no son “como deberían” supone la confirmación de lo que se considera un “hecho probado”. Esto se hace extensible a la propia personalidad que se ve afectada por una autoestima lacerada, habitual en la depresión mayor: cualquier pequeño gesto de desaprobación puede entenderse como un rechazo contundente o cualquier leve crítica convertirse en una señal de censura personal. Estas reacciones que en principio pudieran parecer excesivas, son coherentes con el estado de ánimo depresivo y deben entenderse desde la particular perspectiva al que éste somete a la persona.
Toda emoción está asociada a un pensamiento. En la depresión predomina la tristeza como la principal vivencia afectiva, sustentada por cogniciones que median entre las situaciones vitales específicas y la experiencia emocional intensa. La depresión, metafóricamente, sería similar a utilizar unas gafas oscuras: predomina una visión ennegrecida de la realidad que empaña el hecho mismo de vivir. Cuando las gafas se llevan durante demasiado tiempo, uno tiende a acostumbrarse a ellas y acomodarse a una existencia vacía (zona de seguridad), mostrando resistencias a cambios importantes en la dinámica del pensamiento.

ESTRATEGIAS PARA PREVENIR LA DEPRESIÓN MAYOR O MEJORAR SUS SÍNTOMAS
A continuación presentamos una serie de recomendaciones orientadas a prevenir la Depresión Mayor o a mejorar la sintomatología depresiva cuando la persona se encuentra atravesando momentos personalmente difíciles. Es importante recordar que no sustituyen al tratamiento convencional (farmacológico o psicoterapéutico). Ponerse en contacto con un profesional de la salud mental mejorará significativamente el pronóstico.
- Práctica de ejercicio físico: Muchos estudios han llegado a la conclusión de que la práctica de ejercicios aeróbicos (senderismo, footing, etc. o simplemente caminar) reduce significativamente los síntomas depresivos. La práctica de actividad física adaptada a las particularidades de la persona es uno de los antidepresivos naturales más eficaces que existen, al potenciar la sensación de bienestar subjetivo, mejorar la autoimagen y facilitar procesos electroquímicos en el sistema nervioso central que potencial el estado de ánimo (dopamina, serotonina, etc.).
- Exposición a la luz solar y buena calidad del sueño: Muchos estudios indican que la exposición a la luz solar facilita la segregación de melatonina en la glándula pineal (una estructura nerviosa situada en el núcleo del sistema nervioso central). La melatonina es conocida popularmente como la hormona de la felicidad, y en su momento gozó de gran relevancia en la comunidad científica por sus propiedades químicas como elemento endógeno para combatir la Depresión. La melatonina se segrega durante el sueño (por la noche, especialmente de 12:00 a 3:00) y muy especialmente cuando éste se produce en situaciones propicias (ambiente tranquilo, oscuro y silencioso), por lo que es necesario adoptar buenas estrategias de higiene del sueño (no realizar ejercicio físico tres horas antes de acostarse, cenar ligero, facilitar condiciones ambientales favorables para el sueño, dormir una cantidad suficiente de horas, no comer en mitad de la noche si se produce un despertar, respetar los ritmos biológicos, evitar dormir durante el día o hacer siestas largas, etc.).
- Realizar actividades positivas: Ya hemos comentado que en la Depresión Mayor se observa una disminución de actividades agradables. La persona puede experimentar dificultades para organizar un programa de ocio que le permita recuperar la ilusión en nuevas metas o experiencias significativas. En este sentido, es importante hacer un esfuerzo personal en los primeros momentos: con el paso del tiempo, se integrarán en el ritmo de vida y el ánimo mejorará paralelamente. Algunos ejemplos podrían ser el cine, el baile, el teatro, los idiomas, charlas, conferencias, etc. Los autocuidados son importantísimos para la mejora del estado de ánimo, en definitiva, mimarse a uno mismo y tratarse con cariño.
- Ofrecerse como voluntario: Ciertos estudios han hallado de forma contundente que enrolarse en actividades de ayuda a los demás proporciona satisfacción personal y reduce los síntomas depresivos. Si tienes la posibilidad de hacerlo, te recomendamos que participes en actividades de voluntariado o colabores en asociaciones que te permitan realizar un proyecto prosocial o altruista.
- Reforzar el apoyo social: La expresión abierta y sincera de lo que sentimos tiene propiedades terapéuticas. Hablar con un buen amigo de las cosas que nos preocupan, de las situaciones que nos abruman, etc. ejerce un enorme efecto sobre el afecto al ventilar la experiencia emocional. En este sentido, no es necesario que se trate de un profesional de la salud mental, cualquier persona capaz de proporcionar apoyo social generará enormes beneficios para la persona que sufre Depresión Mayor.
- Animales de compañía: Una gran cantidad de estudios sugiere que los animales de compañía mejoran el estado de ánimo de las personas que conviven con ellos en el hogar. Este efecto se ha demostrado con muchos animales distintos: desde perros, hasta gatos, pasando por hámsters y otros animales más exóticos, como serpientes o iguanas. Los animales proporcionan un sentimiento de afecto incondicional que estimula la autoestima y sirve como factor de protección en la Depresión Mayor. En la actualidad, existen terapeutas que introducen la relación con animales domésticos en sus procedimientos clínicos para trastornos muy diversos: Depresión, Trastornos de Ansiedad, Trastornos del Espectro Autista, etc. También el cuidado de plantas proporciona sentimientos positivos y una mejor calidad de vida.
- Relacionarse con personas optimistas: El optimismo proporciona enormes efectos terapéuticos. Debido a que la persona con Depresión suele encontrarse abrumada por el pesimismo, una visión positiva de la vida en quienes le rodean puede ayudarle a asumir una perspectiva diferente de su situación (aumentando el número de autoinstrucciones positivas, tales como “lo estoy haciendo muy bien”, “ya me encuentro mejor”, “poco a poco saldré de esto”, etc.).
Por último, recuerda que la ayuda de un profesional de la Salud Mental puede ser clave para mejorar la calidad de vida y el estado de ánimo en las personas que sufren un Trastorno Depresivo.

Puedes acceder al artículo en la web de IVAPSAN

PSICOLOGÍA: UNA BREVE PERSPECTIVA NEUROEVOLUTIVA DE LA EMOCIÓN Y LOS SENTIMIENTOS

A menudo las personas confunden las emociones y los sentimientos. De hecho, incluso hay quienes son incapaces de identificar verbalmente con exactitud lo que están sintiendo (alexitimia), lo que no hace más que generar mayor confusión en un asunto cuyas líneas de división son ya de por sí tenues. 

Si hablamos de la naturaleza de las emociones, no podemos eludir su utilidad adaptativa. Las emociones son reacciones naturales del organismo ante un evento que genera una respuesta específica. Son casi automáticas, sin necesidad de autoreflexión, algo así como los reflejos innatos. Cuando empezaron los estudios dirigidos a delimitar cuáles eran las emociones humanas, emergieron teorías que evocaban docenas de ellas distintas, y no fue hasta más tarde, con las estrategias específicas de rotación y factorización junto a estudios meta-análiticos que recogieron la Información procedente de investigaciones previas, que se pudieron detectar las llamadas "emociones puras" o "emociones verdaderas": la alegría, la tristeza, el asco, el miedo, la sorpresa y la ira. Procedemos a hacer una brevísima reflexión de cada una de ellas:

La alegría es una emoción caracterizada por un ánimo expansivo. Surge como respuesta a un estímulo gratificante para la persona. Cuando algo es agradable para alguien, seguramente sea también beneficioso para su organismo. La alegría estímula determinadas regiones cerebrales responsables del refuerzo, como el Núcleo Accumbens, el Área Tegmental Ventral y la Corteza Prefrontal (generando aprendizajes que consolidan la búsqueda nuevamente en el futuro del estímulo que propició la emoción). Cuando una persona está alegre, las comisuras de los labios ascienden levemente, se produce midriasis pupilar, se activa el músculo orbito-ocular, se observa taquicardia, vasodilatación periférica y sensación de euforia. 

La tristeza es el antagonista de la alegría, y surge como respuesta a estímulos que generan distrés psicológico o dolor físico. La tristeza tiene como objetivo generar una respuesta compleja (fisiológica, cognitiva, motora...) que se traduzca en la atención de las personas del entorno, de modo que éstas puedan asumir la responsabilidad de la persona que la expresa (generalmente indispuesta por las circunstancias). Es por esto que cuando uno se siente triste presenta un enlentecimiento psicomotor. En la tristeza, se activan determinadas regiones del lóbulo prefrontal del hemisferio derecho, así como la amígdala y algunas regiones temporales. Las comisuras labiales descienden, se produce ptosis palpebral bilateral, la actividad galbánica de la piel aumenta, aparece bradicardia y vasodilatación periférica. 

El miedo es una emoción que garantiza las respuestas de huida ante estímulos potencialmente peligrosos y que han sido asociados como tal a nivel filogenético (aprendizajes enraizados en el proceso evolutivo de la especie) o por experiencias específicas a lo largo de la vida. Implica actividad principalmente de la amígdala. En el miedo aumenta la actividad vegetativa, la sudoración, el ritmo cardíaco y los movimientos peristáticos, se elevan moderadamente los párpados, aumentan los movimientos de deglución, etc. 

El asco, por su parte, es una emoción cuya utilidad radica en alejar a las personas de alimentos u otras sustancias que pudieran resultar tóxicas para ellas. Es por esto que nos dan asco, por ejemplo, los excrementos, los cadáveres, etc. (son fuentes potenciales de infección que podrían en riesgo la continuidad de la vida). Implica la actividad de la amígdala y el hipocampo (asociaciones memorísticas).

La sorpresa se produce cuando un acontecimiento externo contradice nuestras expectativas. Sirve para detectar las alteraciones inesperadas en el ambiente, que pudieran alertarnos de un peligro desconocido. Tras la sorpresa se suele producir una emoción de alegría, miedo o tristeza como respuesta secundaria; asociada a la naturaleza del estímulo detonante y nuestra percepción subjetiva sobre él.

La ira es una respuesta principalmente defensiva, surge como advertencia de una posible agresión. Su utilidad principal fue la defensa del territorio, y, por tanto, de los recursos necesarios para la vida. Implica un conjunto complejo de estructuras cerebrales subcorticales, como la amígdala y otras regiones ancladas en la región más primitiva de nuestro cerebro (sistema límbico). En la ira se produce una contracción de los músculos aledaños a la nariz, fruncimiento del ceño, mirada estática, hiperventilación, taquicardia, tensión muscular y ligera exposición de la dentición.

Todas estas respuestas emocionales son casi automáticas y reactivas a estímulos incondicionados (o condicionados filogenéticamente y ontogenéticamente). Por tanto, dependen de aprendizajes previos a lo largo de la vida (condicionamiento clásico, condicionamiento operante, aprendizaje vicario, etc.) y del bagaje evolutivo que ha forjado el sistema nervioso de nuestra especie a lo largo de miles de años.

Los sentimientos, por otro lado, tienen un fuerte componente cognitivo y surgen como un proceso secundario a las emociones básicas que hemos comentado. Uno puede tener decenas de sentimientos diferentes, y estos no presentan una catalogación exhaustiva hasta la fecha. La interacción entre las emociones y las cogniciones da como resultado los sentimientos, por lo que puede deducirse que éstos son de mayor complejidad. Actualmente sabemos que los sentimientos emergen de la actividad cerebral convergente entre las regiones límbicas (en las que se procesa la experiencia emocional) y las estructuras prefrontales (ética, razonamiento, etc.).

No debemos olvidar que las emociones y los sentimientos definen, todavía hoy, la calidad de nuestras relaciones sociales. También juegan un papel esencial en procesos como la toma de decisiones, el enamoramiento, los vínculos parentales, etc. Además, la inteligencia emocional ha demostrado tener mayor relación con el éxito y la felicidad subjetiva que la inteligencia académica...

En definitiva, no sólo la razón forja el devenir humano.

PSICOLOGÍA: NEURONAS ESPEJO Y EMPATÍA

LAS NEURONAS ESPEJO: UN EJEMPLO

Eran las 6 de la tarde. Como cada día, María había salido a reunirse con sus amigos en la puerta del Ayuntamiento de su ciudad. Tenían pensado ir al cine y quizá, si no llovía (como insistía con vehemencia el hombre del tiempo), saldrían a tomar unas copas. 

La calle estaba abarrotada. Aunque ya empezaba a anochecer parecía que el mundo continuaba convulsionando, revolviéndose: algunos volvían a casa agotados, otros charlaban animadamente, y la algarabía restallaba contra los muros de hormigón de una ciudad anónima.

De repente escuchó un grito. Se giró y lo vio. Un coche a toda velocidad arrolló a un señor mayor que, tras estrellarse sobre el capó del coche, salió despedido varios metros y quedó extendido en los márgenes de la carretera. Su corazón se sobresaltó y, durante un momento, sintió un dolor punzante.


¿QUÉ SON LAS NEURONAS ESPEJO?

Al leer este texto, muchos pueden preguntarse por qué María (a pesar de no haber sufrido aquel accidente en carne propia) sintió, de algún modo, una experiencia dolorosa que estaba ocurriéndole a otra persona. La respuesta a esta pregunta radica, precisamente, en un conjunto de neuronas especializadas que pueblan diversas estructuras de nuestro sistema nervioso central: las neuronas espejo.

Estas células nerviosas reaccionan químicamente ante circunstancias que afectan a otras personas, incluso a aquellas sobre las que no guardamos un vínculo íntimo (amistad, familia, etc.). Los patrones de activación cerebral de estas neuronas sugieren que el espectador (María, en nuestro caso) experimenta emociones y sensaciones similares a las que serían esperables en caso de ser ella la protagonista de la escena contemplada (haber sufrido el atropello). De esta forma, surgen impulsos electroquímicos en regiones cerebrales asociadas al dolor cuando vemos sufrir a otra persona, o experimentamos cierta desazón al observar el rostro de alguien que expresa con vehemencia sentirse triste.

Las neuronas espejo garantizarían que las emociones ejercen su papel como elementos esenciales de comunicación, cimentándose especialmente en la configuración facial que forma parte inherente de cada una de ellas (la tristeza promueve la aproximación social, el asco advierte de una sustancia tóxica para el organismo, etc.). En tiempos remotos este fenómeno aumentó sustancialmente nuestras probabilidades de supervivencia, ya que facilitaba conductas de cooperación y consolidaba aprendizajes (por observación) con alto valor adaptativo. Además, muchos estudios han puesto en el punto de mira a estas neuronas, al considerarlas un elemento esencial para la comprensión de la empatía.


LAS NEURONAS ESPEJO: ESTUDIOS EN ANIMALES

Las neuronas espejo fueron descubiertas por pura casualidad mientras se investigaban las respuestas neurológicas asociadas a la alimentación en monos rhesus: se aplicó un electrocorticograma sobre las regiones motoras secundarias del cerebro de uno de estos animales mientras observaba como otro mono recogía una manzana. Para sorpresa de los investigadores, el mono activó exactamente las mismas rutinas cerebrales que habría activado en el caso de recoger la manzana por sí mismo (aunque en ningún momento se movió). El primate reprodujo neurológicamente la conducta que estaba observando y, por un momento, la acción percibida modificó su actividad cerebral como si fuera una acción propia.

Otro ejemplo de investigación sobre este fenómeno en animales se evidencia en un estudio clásico sobre la cuestión (que muy probablemente hoy atentaría contra la deontología profesional): en éste se utilizaron ratones a los que, durante un periodo de tiempo determinado, se les aplicó un programa continuo de auto-administración de anfetaminas (sustancias estimulantes que funcionaban como mecanismo de refuerzo). Cuando la conducta operante pretendida había sido adquirida (presionar una palanca para que la dosis fuera administrada), se obtuvo la línea base de la misma y se expuso al ratón a una situación nueva en la que, cada vez que presionaba la palanca para obtener la dosis de droga, en otra jaula (a la vista del animal) un ratón sufría una descarga eléctrica bastante dolorosa. 

Cuando el ratón percibía el dolor del otro animal, parecían activarse regiones cerebrales implicadas en la experiencia dolorosa que inhibieron la conducta de autoadministración de droga, cesando inmediatamente la conducta operante (pulsar la palanca) cuando observó que ésta generaba dolor a otro miembro de su especie.


LAS NEURONAS ESPEJO EN EL SER HUMANO

Un fenómeno tan intrigante como éste merecía ser explorado también en el ser humano. No tardaron en llegar estudios con este propósito (utilizando estrategias de neuroimagen, muy discretamente invasivas) que confirmaron la presencia de estas neuronas en prácticamente la totalidad de nuestro parénquima cerebral.

En humanos, las neuronas espejo (o especulares) se encuentran repartidas en diversas regiones cerebrales y muy especialmente en una estructura parietal clave para el lenguaje: el área de Broca. Una lesión amplia en esta zona produce una alteración conocida como Afasia de Broca, que afecta a la fluidez del habla y a otras formas de expresión (prosodia, comunicación no verbal, etc.). Es por este motivo que algunos investigadores han relacionado el aprendizaje del lenguaje con las neuronas espejo. Básicamente se postula que, a través de procesos de imitación derivados de la percepción del habla, el cerebro del niño adquiriría la capacidad de transmitir y comprender información verbal y no verbal. Para muchos autores, las neuronas espejo tienen un papel determinante en el aprendizaje de una función tan esencial como la comunicación interpersonal.

Pero la función de las neuronas especulares no acaba aquí. Al parecer, estas células cerebrales también podrían tener una relación directa con la empatía. Así (como ya hemos subrayado con anterioridad), cuando percibimos el dolor de una persona se activan en nosotros aquellas regiones relacionadas con la experiencia álgica, de forma que nuestro cerebro percibe el dolor ajeno como propio y nos impele a actuar para aliviarlo. Sería un fundamento básico de la conducta prosocial (o incluso de la actividad altruista) y un elemento esencial para garantizar la supervivencia de la especie. Siguiendo esta lógica de pensamiento, sería posible que el cerebro de personas con alteraciones psicopáticas (principalmente aquellas que se relacionan con la interacción social) pudieran sufrir déficits en el funcionamiento de estas neuronas, que les hubieran impedido forjar asociaciones entre el dolor ajeno y el propio. De esta forma, se obstruiría la construcción de un esquema de acción dirigido a aliviar el dolor de los demás y se consolidaría una conducta orientada al beneficio propio, en detrimento radical de las necesidades de los demás.

En conclusión, es razonable pensar que estas neuronas ejercen un papel clave en muchas de las características que consideramos típicamente humanas (el lenguaje, la empatía, etc.), y nos han permitido establecer conexiones con los demás que han favorecido la cooperación a lo largo de nuestra historia como especie. Muy probablemente, su relevancia como elemento adaptativo nos ha permitido no sólo sobrevivir como organismo biológico, sino trascender como seres creadores y creativos (puesto que toda expresión artística tiene un profundo sustrato emocional que trasciende la propia obra para incorporarse al acervo personal de la experiencia, fenómeno que depende íntimamente de nuestra capacidad para captar las emociones de quien suscribe el arte).