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PSICOLOGÍA: LA RESPUESTA SEXUAL HUMANA

El sexo constituye una de las formas más íntimas de interacción personal. Generalmente, está reservado en exclusiva para las personas con las que mantenemos un vínculo afectivo estrecho (de naturaleza romántica), y en él se da cabida a la manifestación física de emociones intensas. El sexo, además, es una forma de relación sutil, que puede verse afectada tanto por cuestiones físicas (enfermedades con alteración comórbida de la respuesta sexual, efectos secundarios asociados a tratamientos farmacológicos para diversas patologías, etc.), como psicológicas (conflictos relacionales, inseguridad personal, hipervigilancia de la ejecución, etc.) y sociales (creencias disfuncionales sobre el sexo, educación hiper-protectora, sentimientos aversivos respecto a la sexualidad, carencia de información adecuada, etc.).
La actividad sexual no es una respuesta uniforme. Los estudios han distinguido un conjunto de fases que constituyen la respuesta sexual humana, y en este artículo nos proponemos exponer una sucinta descripción de las características de cada una de ellas. Es necesario que el lector entienda también que en los trastornos de la sexualidad puede verse alterada alguna de estas fases o bien un conjunto de ellas. Reservaremos las cuestiones de psicopatología de la sexualidad para futuras actualizaciones, centrando nuestra atención ahora en la descripción general del sexo como proceso.

EL SEXO COMO PROCESO: FASES DE LA RESPUESTA SEXUAL
Pueden distinguirse cinco fases bien diferenciadas en la respuesta sexual humana: el deseo, la excitación, la meseta, el orgasmo y la resolución. A continuación procedemos a detallar cada una de ellas.

El deseo
Aunque parezca extraño o ilógico, el deseo sexual fue la última fase en incluirse como parte importante de la respuesta sexual. El deseo tiene una naturaleza cognitiva, y hace referencia al modo en que la situación de interacción promueve la voluntad de llevar la relación al terreno de lo físico. Cuando se activa el deseo, aparecen conductas de aproximación cuyo objetivo es generar el contexto adecuado para un encuentro romántico o sexual.
Existen diversas claves contextuales que hacen propicia la aparición del deseo en hombres y mujeres, aunque algunos estudios han encontrado algunas discrepancias entre los sexos. Así, por ejemplo, se destaca en el caso del varón la importancia de los estímulos visuales (visión del cuerpo desnudo de la pareja, por ejemplo), mientras que en la mujer parecen de mayor relevancia los auditivos y olfativos. A pesar de estas sutiles diferencias, es importante destacar que las situaciones que disparan el deseo son muy similares en ambos sexos, constituyendo las diferencias reseñadas pequeños matices que en ningún caso hacen diferente la experiencia en función del sexo (obviando, claro está, las diferencias asociadas a las sensaciones físicas que difieren en función del dimorfismo sexual: inicio de la respuesta lubricatoria en el caso de la mujer, tumefacción del pene en el varón, etc.).
El deseo es, también, una fase que modula el resto de las etapas de la sexualidad, pudiendo sus alteraciones (como en el caso del deseo sexual inhibido) modificar la intensidad de la respuesta en etapas ulteriores. Es, por tanto, un fenómeno no lineal; cuya presencia se prorroga a lo largo de toda la actividad sexual, y que eventualmente puede atenuarse durante la fase de resolución o reposo (como más adelante describiremos). Su inclusión en el proceso es, como podemos observar, absolutamente necesaria para entender la respuesta sexual de las personas, y hace explícita la importancia de la calidad del vínculo como elemento esencial en las relaciones humanas.

La excitación
Podría entenderse la excitación como el correlato fisiológico asociado a los pensamientos vinculados con el deseo. En la excitación, se producen una cascada de respuestas físicas cuyo objetivo es facilitar el encuentro sexual. Es frecuente observar, tanto en hombres como mujeres, una midriasis pupilar acentuada (dilatación de las pupilas) una hiperactividad electrodérmica, un incremento de la tasa respiratoria y un aumento de la actividad cardíaca.
En el caso de los varones, gracias a la actividad del oxido nítrico se desencadena la respuesta eréctil, pues éste facilita la dispersión de la sangre a los cuerpos cavernosos que conforman el pene y propician su tumefacción o endurecimiento. La erección es un mecanismo fisiológico muy complejo y, por tanto, puede verse fácilmente alterado en determinadas circunstancias (muy especialmente cuando coexiste un hábito tabáquico fuertemente arraigado o se inicia la actividad sexual con la ayuda de sustancias depresoras como el alcohol). Es necesario que la erección mantenga una firmeza y duración adecuadas, pues de lo contrario es posible que se haga complicada la penetración (que constituye un momento importante en la etapa de meseta, como posteriormente veremos).
En el caso de la mujer, también se produce una importante vasodilatación de las estructuras venosas próximas, anexas y constituyentes de la vagina. Los labios vaginales externos e internos cambian su coloración hacia matices más oscuros (asociados a mayor presencia de sangre en la zona), y se produce una respuesta de lubricación acentuada (aunque ésta puede atenuarse ante circunstancias fisiológicas como le menopausia). La vagina es una estructura de gran complejidad, y las pruebas de resonancia interna de la misma dan buena prueba de ello: se observan movimientos de ascenso del útero y una tensión importante de los esfínteres vaginales y anales (cuya contracción llega a su máxima expresión durante la aparición del orgasmo), además de otros cambios estructurales dirigidos a la recepción del pene. Junto a estos cambios genitales, se observa rubor en el rostro y tumefacción de los pezones, junto a un ligero incremento en la circunferencia de la areola mamaria.
En esta fase son especialmente importantes las conductas sensuales como caricias y besos, así como los preliminares sexuales cuya descripción sería tan variada que excedería los propósitos de este texto.

La meseta
La fase de meseta es en la que se produce la mayor parte de la actividad sexual propiamente dicha, exceptuando aquí los preliminares que han conducido hasta la aparición de una respuesta sexual propicia. En esta etapa aparece la penetración y tiene inicio la estimulación intergenital por el contacto de regiones con alto índice de inervación (como las estructuras internas del clítoris).
Durante la etapa de meseta se produce una estimulación genital que continúa acompañada de otras formas de conducta sensual, como caricias y besos. De hecho, muchos estudios confirman que la presencia de las conductas sensuales son esenciales para una estimulación adecuada, pudiendo su ausencia conducir a una reducción de la intensidad del placer o incluso a la interrupción de la actividad sexual. También algunos estudios parecen indicar la especial importancia de las conductas sensuales en la respuesta sexual de la mujer, en contraposición a la del varón, aunque no se detallan teorías explicativas al respecto.
Hasta este momento la intensidad del placer asociado a la respuesta sexual ha seguido una progresión ascendente. El mantenimiento de la estimulación constante conduce al orgasmo, que es el momento más intenso en la experiencia de la actividad sexual. Procederemos a detallar el orgasmo en lo sucesivo.

El orgasmo
El orgasmo constituye un fenómeno psicofisiológico complejo. Se trata del punto de máxima experiencia de placer asociado al acto sexual, a partir del cual (alcanzada su resolución), éste declina abruptamente (exceptuando los casos de aquellas personas que presentan una capacidad orgásmica múltiple).
En el caso del hombre, durante el orgasmo se produce una respuesta eyaculatoria (provocada por impulsos eléctricos que emergen de la médula espinal) que disemina el semen (precedido por el líquido preseminal, cuya función es reducir o disminuir la acidez del conducto uretral por la posible presencia de orina). Se observan contracciones rápidas y sucesivas cuya duración puede prolongarse durante algunos segundos, y que facilitan la expulsión del líquido seminal. Ciertas lesiones medulares (especialmente aquellas que se producen en regiones más altas, a nivel cervical) pueden inhibir la respuesta eyaculatoria, así como el uso de determinados fármacos.
En el caso de la mujer, el orgasmo va acompañado de un incremento en el flujo sanguíneo de las estructuras vaginales internas y externas. Como en el varón, se observan contracciones rítmicas, tensión/presión en tercio muscular externo (plataforma orgásmica) y una importante liberación de flujo vaginal (según algunos estudios, este líquido podría reducir la acidez del ecosistema interno de la vagina, incrementando el tiempo de supervivencia de los espermatozoides, lo que incrementaría la probabilidad de embarazo). El orgasmo en la mujer suele tener una duración mayor que en el varón, pudiendo prolongarse hasta veinte segundos (aunque la duración varía ampliamente en función de las fuentes que se consulten). También se observa con frecuencia una respuesta orgásmica múltiple en el caso de las mujeres, en este caso, la curva del placer no declina con el primer orgasmo (pudiendo observarse nuevas contracciones en caso de mantenerse la excitación).
Existe cierta polémica en torno al modo en que se produce el orgasmo en la mujer, esto es, si éste depende de la estimulación vaginal o clitoriana. Según recientes estudios, el clítoris tiene proyecciones nerviosas que se extienden al interior de la pared vaginal (suponiendo una estructura de mayor extensión de la determinada). Así pues, la penetración estimularía el clítoris a través de estas terminaciones, siendo esta pequeña región ampliamente inervada la mayor responsable de la experiencia de placer en la mujer.

La resolución
La resolución supone el fin fisiológico del episodio sexual. Concurre justo después del orgasmo y viene acompañado de una respuesta autónoma de relajación y calma (distensión muscular). Con el orgasmo decelera el ritmo cardíaco, la actividad electrodérmica recupera su función habitual y en general, se experimentan sensaciones físicas de calma que pueden bordear la somnolencia.
En el caso del varón, tras la eyaculación se llega a un periodo refractario en el que el pene pierde su tumefacción y alcanza una fase de reposo. También se han observado periodos refractarios en los que el pene sigue manteniendo su dureza, pero se trata de un fenómeno minoritario. Junto a la sensación de relajación física, se acompaña una hipersensibilidad táctil (especialmente en la zona genital) y, ocasionalmente, una reducción en la respuesta de deseo.
En el caso de la mujer, se observa una vasoconstricción respecto a la situación observada en el orgasmo. Las estructuras internas de la vagina vuelven a descender, alcanzando la ubicación original. La reducción del flujo sanguíneo se observa en la decoloración de los labios externos. Se produce una reducción del tono muscular general del cuerpo, especialmente en las regiones pélvicas y anales, que se habrían contraído de forma importante durante el orgasmo. Los pezones y el pecho también pierden la irrigación sanguínea incrementada que se produjo durante la excitación. La sensación física resultante se traduce en una impresión subjetiva de tranquilidad y calma, junto a una hipersensibilidad al contacto con la piel. Alcanzado este punto, algunas mujeres pueden alcanzar el orgasmo nuevamente, pudiendo experimentar curvas de placer sucesivas (múltiples orgasmos).
Los trastornos de la sexualidad, que abordaremos en una próxima entrega para el blog, pueden afectar a cualquiera de estas fases (tanto en hombres como en mujeres). El origen de estos problemas puede ser tanto fisiológico como psicológico, difiriendo el tratamiento en función de la etiología.

PSICOLOGÍA: LOS TRASTORNOS DE LA SEXUALIDAD

El sexo constituye la mayor expresión de intimidad que dos personas pueden compartir. Con frecuencia tiene lugar en el contexto de una relación de pareja, y goza de una gran importancia en lo relativo a la consolidación del vínculo amoroso y la manifestación de ternura y aprecio. En otras circunstancias el sexo puede buscarse exclusivamente para obtener placer, de forma que éste queda desvinculado de una relación puramente afectiva (y puede implicar a más de dos personas, como es el caso de los tríos o las orgías).
Los problemas que tienen lugar en el ámbito de la sexualidad pueden manifestarse en otras áreas de la vida en común, pudiendo llegar a alterar profundamente la convivencia y generar una profunda insatisfacción personal. Son muchas las circunstancias que pueden propiciar condicionantes en esta faceta de la vida, desde alteraciones biológicas (enfermedades de base física, tratamientos quirúrgicos o químicos, etc.) a conflictos relacionales (pérdida de atractivo de la pareja, frustración, vergüenza, culpa, etc.) y trastornos mentales (depresión, ansiedad, etc.).
En este texto vamos a analizar los principales trastornos que se observan en la consulta, excluyendo de nuestros propósitos divulgativos las parafilias de relevancia clínica (pedofilia, necrofilia, zoofilia/bestialismo, etc.). No se trata de un análisis exhaustivo, sino de una breve revisión en torno a las fases de la relación sexual (deseo, excitación, meseta, orgasmo y resolución) y los posibles condicionantes que en éstas pueden concurrir. Por su especial relevancia, prestaremos una mayor atención al deseo sexual y la excitación, por tratarse de las más habitualmente afectadas.

DESEO SEXUAL
Las alteraciones del deseo sexual constituyen uno de los principales trastornos que pueden observarse en la clínica. En estos casos, la persona manifiesta no experimentar interés por mantener relaciones sexuales. Este desinterés puede estar asociado exclusivamente a la pareja habitual o hacerse extensible a cualquier otra persona, de forma que el grado de afectación trascendería la problemática relacional para pasar a formar parte de una posible percepción aversiva del sexo.
El Deseo Sexual Inhibido (DSI) es un fenómeno más común en mujeres que en hombres. A menudo emerge en el contexto de una terapia de pareja, en la que se hacen explícitos conflictos relacionales de intensidad variable. Es habitual, por ejemplo, que la ausencia de deseo se asocie a una percepción general de insatisfacción con la pareja o con uno mismo, que ocurra en momentos de elevado estrés (laboral o de cualquier otro género), a lo largo del desarrollo vital (menopausia, p.e.) o que sea el resultado de una erosión significativa del vínculo amoroso. En cualquier caso, la ausencia de contacto sexual promueve una dinámica sentimental caracterizada por un deterioro progresivo de la relación que con relativa facilidad puede conllevar una ruptura definitiva. Evaluar la problemática que subyace a la atenuación/desaparición del deseo es una cuestión de especial relevancia a la que se ha de dedicar un tiempo generoso en la consulta, puesto que facilitar un espacio terapéutico en el que se resuelvan los conflictos a través de una comunicación abierta y sincera puede propiciar un clima de entendimiento muy positivo.
Es también habitual observar que tras la afectación del deseo sexual se encuentra una miríada de creencias irracionales que orbitan en torno al sexo, y que a menudo se han transmitido por figuras de apego significativo a lo largo del proceso educativo (así como a través de los medios de comunicación y la cultura donde la persona está inmersa). En este sentido, se encuentra con relativa frecuencia que la persona afectada manifiestaaversión al sexo por considerarlo un asunto sucio, pecaminoso, denigrantre o indigno; lo que añade a la ausencia de deseo un componente de repulsión que lo fortalece y cronifica. Esta aversión puede asociarse a actividades sexuales específicas (sexo oral, sexo anal, etc.) o a la generalidad del acto sexual (lo que hace más complejo el tratamiento psicológico). En la evaluación del paciente es necesario explorar la posible presencia de abusos sexuales en algún momento de su historia vital, ya que a menudo son éstos los que explican la particular perspectiva que adoptan en relación al sexo. En caso de confirmarse el abuso será necesario explorar sus componentes, el tiempo durante el cual se mantuvo y que rol asumía el abusador en la vida de la persona (familiar, amigo, etc.). También es frecuente que en caso de DSI asociado a abuso (violación, incesto, etc.) se manifiesten comórbidamente otros fenómenos clínicos, como la anorgasmia, el vaginismo y/o la dispareunia (de las que hablaremos más adelante). En otros casos (incesto perpetrado por la figura paterna, especialmente) se observa precisamente lo opuesto a la inhibición del deseo, esto es, una conducta excesivamente erotizada que se utiliza como estrategia de vinculación afectiva y aprobación.
En algunas ocasiones, estadísticamente menos relevantes, observamos casos en los que el DSI se asocia a un perfil de personalidad específico por el cual la persona muestra, sin conflicto subyacente aparente, una total ausencia de deseo. Esta postura constituye una posición vital que por sí misma es egosintónica (no genera malestar), por lo que a menudo acuden a consulta acompañados por su pareja (que refiere quejas en torno a la intensidad o el número de contactos sexuales mantenidos).
Aunque en la mayoría de ocasiones el DSI obedezca a conflictos psicosociales en el ámbito de la intimidad relacional, es posible encontrar otros casos de ausencia de deseo cuya etiología es claramente fisiológica. Es posible, por ejemplo, que un aumento de la prolactina o una reducción de la testosterona en el organismo reduzcan significativamente el deseo percibido. Ambos fenómenos son habituales en determinados momentos de la vida, que se acompañan de un declive endocrino evidente (menopausia o andropausia, p.e.) o que estén vinculados a una experiencia estresante de larga duración que afecta el funcionamiento de las glándulas (pineal, tiroides, testículos, suprarrenales) encargadas de la secreción de estas hormonas. En un número reducido de casos, esta actividad hormonal deletérea se asocia a la presencia de elementos tóxicos en el organismo (como los anabolizantes, determinadas sustancias psicotrópicas, alcohol, tabaco o fármacos de uso común) que por sí mismos (o en combinación con otros) acaban por generar la sintomatología. También la falta de sueño y la malnutrición pueden jugar aquí un papel relevante.

EXCITACIÓN
Los trastornos de la excitación pueden ocurrir durante el acto sexual practicado en ausencia de deseo, pero también en casos donde la persona experimenta un alto deseo de practicar sexo pero, por algún motivo, la fase de excitación no transcurre con normalidad.
En esta etapa (ver artículo “Fases de la Respuesta Sexual Humana”, en nuestra web), se manifiestan un conjunto de correlatos fisiológicos que constituyen un elemento esencial en la respuesta sexual. El corazón late más deprisa, se produce una alteración en la emisión de saliva, se observa un incremento en la actividad electrodérmica y aparecen cambios evidentes en los órganos sexuales del hombre y la mujer (que propician, entre otros, la penetración). Es posible que en los trastornos de la excitación se haga manifiesta una alteración en este proceso que interrumpa definitivamente el encuentro sexual por una afectación de la experiencia de placer.
En el caso de la mujer, puede observarse un déficit en el aporte sanguíneo de la vagina y su musculatura, que se refleja en una respuesta lubricatoria deficiente. Esto puede deberse a una estimulación insuficiente/aversiva (caricias toscas, juego amoroso breve/deficiente, movimientos muy bruscos, intentos de penetración precipitados, etc.) o ser una manifestación de alteraciones físicas o endocrinas. Con la llegada de lamenopausia es habitual que los cambios en la dinámica de los estrógenos precipiten respuestas lubricatorias anómalas, lo que puede resolverse fácilmente con el uso de lubricantes (que pueden adquirirse por prescripción facultativa). En otros casos, los problemas de excitación en la mujer se asocian a experiencias dolorosas durante el coito, que pueden estar asociadas a alteraciones de la estructura uterina (prolapso) o a respuestas musculares/sensoriales específicas (vaginismo o dispareunia). También los problemas relacionales (relación rutinaria, conflictos personales, ausencia de comunicación, pérdida de atractivo, etc.) se encuentran en el núcleo de la problemática asociada a las alteraciones de la excitación, tanto en hombres como en mujeres.
En el prolapso (o desplazamiento del útero) observamos anormalidades uterinas que dificultan la introducción del pene y la evolución favorable del encuentro sexual hasta la experiencia orgásmica. Puede ocurrir, por ejemplo, que el útero se encuentre desplazado y su estimulación interna genere dolores cuya intensidad convierte el sexo en una experiencia desagradable (que a menudo progresa hacia formas severas de deseo sexual inhibido) o que el pene entre en contacto con estructuras internas que alteren la respuesta excitatoria normal.
El vaginismo es una fuerte contracción involuntaria de los músculos del último tercio de la vagina, lo que supone una oclusión de la entrada vaginal y por tanto, un impedimento para llevar a cabo una penetración adecuada (a pesar de que el varón consiga una respuesta eréctil favorable). Es posible que este fenómeno se presente junto a creencias erróneas asociadas al sexo o que exista una historia previa de abuso sexual, aunque en la mayor parte de las ocasiones su etiología no está totalmente clara (ya que aparece en mujeres completamente sanas). Su tratamiento es muy sencillo: consiste en la introducción de dilatadores vaginales de diámetro progresivamente mayor diseñados especialmente para este cometido. Es adecuado que si se advierten síntomas de vaginismo se acceda cuanto antes a un especialista, puesto que es un problema de sencilla resolución (y en caso de no corregirse puede deteriorar la calidad de la relación sexual). La dispareunia, por otra parte, hace referencia a cualquier experiencia dolorosa durante/después del acto sexual y su origen puede ser muy diverso: desde alteraciones estructurales o funcionales hasta conflictos psicológicos importantes (intra o interpersonales). En este caso, el tratamiento es más complejo y existe la posibilidad de que no se resuelva completamente la sintomatología (pues ésta depende del origen de la misma). Una exploración ginecológica en profundidad determinará la etiología orgánica en caso de que la hubiere, mientras que una valoración psicológica exhaustiva profundizará en cualquier base psicológica que pudiera explicar la alteración.
En el caso del hombre, los principales trastornos de la excitación son la eyaculación precoz y la disfunción eréctil, aunque también existen otras condiciones médicas dolorosas (síndrome de Peyronie o induración plástica del pene, que afecta a su curvatura e inclinación) que pueden afectar a la excitación. Las lesiones de los vasos cavernosos pueden propiciar alteraciones estructurales importantes que también generen dolor y déficit excitatorio. En el caso de la eyaculación precoz, se observa expulsión seminal como resultado de una estimulación leve (y en los casos más graves, ni siquiera resulta necesario el contacto propiamente dicho). Debido a que generalmente esta eyaculación sucede con anterioridad a que la pareja sexual haya alcanzado el orgasmo (y es seguida de una respuesta refractaria del pene que impide la continuidad del coito) es posible que el varón experimente sensación de inadecuación que merme la autoestima y erosione la relación de pareja. En estos casos, es necesario continuar la estimulación haciendo uso de otros procedimientos, de modo que el contacto pueda prolongarse en el tiempo y resultar más satisfactorio para ambas partes. El tratamiento de la eyaculación precoz es también muy sencillo (erotización sexual sin penetración, estimulación con pausas, etc.), por lo que resulta llamativo que continúe siendo (junto a la disfunción eréctil) el más frecuente de estos trastornos en el varón. En cuanto a la disfunción eréctil, en la mayoría de las ocasiones se observa una etiología psicológica clara, aunque también puede haber causas fisiológicas que la provoquen (alteraciones endocrinas, lesiones medulares, problemas de conducción sanguínea, lesiones estructurales de los cuerpos cavernosos y/o de la túnica albugínea que sirve de revestimiento interno de los cuerpos cavernosos, etc.). En este trastorno, el pene no alcanza un grado de firmeza suficiente para conseguir una penetración satisfactoria, lo que dificulta enormemente llegar al orgasmo y puede producir frustración en la pareja. Es habitual que un solo encuentro sexual en el que se presente un problema de disfunción eréctil (cotidianamente conocido como “gatillazo”) sea suficiente para condicionar encuentros posteriores a través de un mecanismo de hipervigilancia obsesiva del rendimiento sexual. El consumo de alcohol, tabaco y otras drogas también puede alterar la fluencia de sangre a los cuerpos cavernosos, alterando la respuesta de erección. Sea como fuere, la percepción subjetiva de impotencia en el ámbito sexual puede alterar profundamente la autoestima (tanto del varón como de la mujer).
Finalmente, encontramos otras alteraciones de la excitación en el varón que se asocian a penetraciones dolorosas. Es el caso, por ejemplo, de la enfermedad de Peyronie (curvatura anormal del pene con alteración de las estructuras internas) o la fimosis de gran oclusión que no ha recibido tratamiento quirúrgico adecuado (que puede llegar a producir, en determinadas circunstancias, un estrangulamiento del glande que requiera atención médica inmediata). Otras alteraciones fisiológicas (frenillo del pene excesivamente corto, por ejemplo) también pueden producir dolor y generar lesiones durante el acto sexual, lo que necesariamente va a alterar la respuesta de excitación.
Finalmente, más allá de estos problemas anatómicos y funcionales, se encuentran con mucha frecuencia alteraciones de la excitación que se asocian a hábitos y creencias falsas sobre el sexo. Por ejemplo, ciertas ideas subjetivas (como las que hemos tratado en las alteraciones del deseo) pueden inhibir la respuesta excitatoria y obligar a la interrupción del coito (no merecer el orgasmo, vergüenza de expresar la experiencia de placer, tener un pene demasiado corto o estrecho, pechos caídos, estar gordo/a, etc.). También es habitual que el desconocimiento o ignorancia de la respuesta sexual masculina/femenina (o la información inadecuada sobre ésta) propicie encuentros poco estimulantes para la pareja sexual, por lo que siempre es interesante que todas las personas reciban una adecuada educación erótica/sexual y conozcan en profundidad los deseos de su compañero o compañera (que dependerán de su capacidad para expresar sus preferencias y carencias). En IVAPSAN organizamos periódicamente charlas y cursos para cubrir esta necesidad divulgativa.

MESETA
Los trastornos de la sexualidad en esta etapa son similares a los que se observan en la fase de excitación. De hecho, son muchos los autores que abordan la sexualidad y no contemplan esta etapa como un parte independiente del proceso sexual, sino como una simple continuidad de la fase de excitación. Aún así, es necesario señalar que ciertas alteraciones físicas (insuficiencia cardíaca o hepática, p.e.) pueden propiciar un acortamiento del tiempo de penetración por percepción de fatiga. También puede ocurrir que un coito que se prolongue demasiado en el tiempo imponga también importantes condicionantes para alcanzar el orgasmo, ya que la tumefacción del pene y la lubricación vaginal tienden a disminuir progresivamente.
Existen también casos en los que un miembro de la pareja busca exclusivamente satisfacer al otro, sacrificando su placer personal (o que, en cambio, muestre una actitud excesivamente egoísta). Es frecuente que en estas situaciones acabe deteriorándose profundamente la calidad de las relaciones sexuales, puesto que se convierten en encuentros generadores de ansiedad y frustración.

ORGASMO
Los trastornos del orgasmo son, junto a los que comprometen al deseo sexual (que ya hemos abordado), los más frecuentes en la mujer. De hecho, estadísticamente son más habituales en la población femenina que en la masculina. Todas las dificultades para alcanzar el orgasmo se engloban en el concepto general de anorgasmia y, como el resto de alteraciones sexuales, puede tener un origen tanto fisiológico como psicológico.
Por un lado, observamos anorgasmia (incapacidad para lograr el orgasmo) en aquellas mujeres que sufren alteraciones en la estructura del clítoris. Al parecer, según estudios recientes, sería esta estructura (que goza de una extensa y riquísima enervación) la responsable última de la experiencia de placer en el orgasmo femenino (por estimulación externa del propio órgano o de sus ramificaciones nerviosas en la pared vaginal). Los casos más extremos de anorgasmia asociada a estimulación del clítoris concurren en aquellas mujeres que han sufrido ablación de esta estructura en ritos propios de ciertas culturas, que incluyen la extracción quirúrgica completa o parcial de la misma. En estos casos se observa un incremento del placer a medida que avanza el encuentro sexual, pero en ningún caso se llega a producir el orgasmo. El fenómeno contrario se observa en las mujeres multiorgásmicas, pues aunque objetivamente presenten una alteración del orgasmo, ésta no suele motivar consultas con el especialista.
Muchas mujeres indican que, a pesar de no tener ningún problema de salud (fisiológico o psicológico) son incapaces de experimentar orgasmos en sus encuentros sexuales. En este momento no se dispone de datos suficientes para dar respuesta adecuada a este hecho, pero se están realizando muchas investigaciones para explicar los motivos que subyacen a él. Lo que sí es más habitual es que, con la llegada de la menopausia, se observe una reducción del placer orgásmico inducida por los cambios naturales en la respuesta fisiológica (aunque no afecta a todas las mujeres). También las creencias irracionales, la vergüenza a expresar placer, cualquier problema vital de especial relevancia (cambios abruptos en la línea de la vida, paro, jubilación, economía deficiente, etc.), trastornos emocionales (ansiedad o depresión), etc. pueden atenuar o inhibir completamente el orgasmo.
En los varones, se han observado ciertas alteraciones fisiológicas que generan retroeyaculación (el semen se deposita en la vejiga) y reducen significativamente la experiencia de placer en el orgasmo. Los tumores benignos de próstata, además de provocar potencialmente otros problemas de salud, también pueden reducir la respuesta orgásmica. El consumo de alcohol u otras drogas con el objetivo de potenciar la experiencia sexual puede provocar, de hecho, una experiencia totalmente contraria (ya que, aunque pueden aumentar puntualmente el deseo en dosis bajas, la intensidad del orgasmo es mucho menor) por lo que siempre es desaconsejable utilizar cualquier droga con este objetivo (y realmente, con cualquier otro). La atenuación del placer orgásmico por consumo de drogas es especialmente importante en el caso de los varones, aunque también afecta a la población femenina.

RESOLUCIÓN
Una vez alcanzado el orgasmo, acontece seguidamente la fase de resolución. En este momento se atenúan progresivamente todos los cambios fisiológicos que se han ido desencadenando a lo largo de la fase de excitación (cuya máxima expresión tiene lugar en el orgasmo) y cuyo objetivo sería facilitar el encuentro sexual. Fisiológicamente, la pareja experimenta una sensación de relajación e incluso somnolencia, hipersensibilidad al contacto y declinación del deseo sexual (que se había mantenido hasta el momento). En algunas mujeres este deseo no se reduce (o incluso se intensifica), y es posible continuar con la estimulación sexual para conseguir nuevos orgasmos sucesivos (multiorgasmia).
Las principales alteraciones que pueden darse durante la resolución serían el priapismo (mantenimiento doloroso de la erección en el varón) y eldolor post-coital (una forma de dispareunia que puede obedecer a problemas de salud subyacentes). Ambas condiciones son infrecuentes, pero pueden requerir intervención médica especializada.